Corría el invierno de 1976, y yo con 17 años de edad cursaba
mi educación secundaria en el 3º año medio del Liceo Nº 11 Rafael Sotomayor de
Las Condes, al que asistía en la jornada de tarde.
Una de esas tardes, acompañado de un profesor, se
presentaron a nuestra sala de clases dos jóvenes vestidos de traje y corbata,
quienes se identificaron como alumnos de la carrera de Derecho de la
Universidad Católica, con el objeto de realizar una encuesta para un trabajo de
investigación que realizaban.
La encuesta consistía de varias preguntas relacionadas con
temas de historia universal y de política internacional.
Al finalizar la hoja de encuesta aparecía un espacio con la
consulta: “Si le interesa conversar sobre alguno de estos temas, favor deje sus
datos para contactarlo en el futuro”, cosa que hice dado mi interés por los
temas de historia.
Pasaron un par de semanas y recibí en mi casa una invitación
de una organización llamada “Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición,
Familia y Propiedad” (TFP), quienes me invitaban a una conferencia sobre un
tema histórico en su sede de la comuna de Providencia.
La TFP era una agrupación de jóvenes católicos ultra
conservadores, cuyo origen era el movimiento del mismo nombre en Brasil,
fundado por el Profesor Plinio Correa de Oliveira, cuya tesis está plasmada en
su libro “Revolución y Contra Revolución”, el que analiza la decadencia
espiritual y política de la Civilización Occidental, desde la Edad Media hasta
la actualidad.
En Chile la organización era más conocida con el nombre de “Fiducia”,
por una revista de divulgación que publicaban, y que tenía ese nombre. Obviamente
nosotros, que éramos particularmente buenos para poner apodos, bautizamos a los
integrantes de la TFP como “Los Fiducos”.
A partir de esa primera invitación, comencé a participar
cada cierto tiempo a otras muchas conferencias que dictaba la TFP, producto de
lo cual comencé a entablar cierta amistad con José Antonio Ureta, Juan Antonio
Montes y Felipe Lecaros, miembros permanentes de la organización, pero sobre
todos con un muchacho ecuatoriano llamado Edmundo Uribe, con quien me unía la afición
por la natación, ya que este había sido nadador de la famosa “Academia Ferreti”
de Guayaquil.
Por supuesto que a las conferencias no asistía solo, el
grupo lo integraban Robert Ellsworth, Pablo Sotomayor y Cristian Alcalde, que
eran compañeros de colegio y que se transformaron a lo largo de mi vida en
verdaderos hermanos.
La motivación que teníamos para ir a estas reuniones, más
que por los temas tratados, era por la recepción y lo que había para comer después
de ella, ya que como todo joven en la adolescencia, el hambre era una condición
permanente.
Estuvimos participando de las conferencias algo así como
medio año, hasta que a principios de diciembre nos sorprendieron con una invitación
para ser parte de la delegación chilena que asistiría a un Congreso de juventudes
católicas denominado SEFAC a realizarse en enero en Brasil.
Después entendimos que la SEFAC (Semana de Formación Anti
Comunista) era un evento que organizaba la TFP para atraer jóvenes, normalmente
durante las vacaciones de verano, con la idea de captarlos para la organización.
Solo un par de días previos a nuestra partida,
lamentablemente nuestro amigo Robert Ellsworth se contagió de tifus, por lo que
no nos pudo acompañar en esta aventura por tierras cariocas.
La delegación chilena de 11 personas, salimos de Santiago la
madrugada del 1 de enero de 1977, en un camión Chevrolet C30 de color rojo
adaptado para pasajeros, muy incómodo para tan largo viaje, ya que no estaba
especialmente modificado sino que simplemente tenía unas butacas atornilladas
en el acoplado cubierto.
La ruta del viaje de tres días hasta nuestro destino en
Brasil era saliendo de Santiago hacia el Paso Internacional Los Libertadores,
para entrar en territorio argentino.
De allí seguimos a Mendoza, Córdoba, Santa Fe hasta llegar a
Puerto Iguazú, donde cruzamos la frontera junto a las majestuosas cataratas.
Ya en territorio brasilero el camino seguía hacia Porto
Alegre, Curitiba y finalmente San Pablo.
En nuestro breve paso por Santa Fe se nos unió la delegación
de Argentina, que viajaba en una Ford F-350 carrozada de color blanco, a la que
habían bautizado “Beduino” en honor a este pueblo nómade, y a la que le
acoplaron un tráiler.
Recuerdo que en alguna parte de la ruta, mientras viajábamos
de noche, el “Beduino” recibió una pedrada en el parabrisas, lo que les
significo a los argentinos viajar parte del trayecto recibiendo el caluroso
viento y los molestos mosquitos en pleno rostro.
Una vez que llegamos a San Pablo, después de tres días de
agotador viaje, y luego de un reparador y breve descanso con una buena ducha
incluida, nos dirigimos a la sede principal de la TFP brasilera, a la que
denominaban pomposamente “Sede del Reino de María”, donde fuimos presentados al
fundador de la organización, el Profesor Plinio Correa de Oliveira.
Después de concluir la visita protocolar, salimos en la
tarde desde San Pablo con rumbo al lugar donde se iba a desarrollar el
Congreso, una Fazenda (Hacienda) que quedaba a unos 100 kilómetros al norte,
muy cerca de un pueblo llamado Amparo, a la que llegamos casi caída la noche.
Esta Fazenda llamada “Morro Alto”, era un antiguo
establecimiento colonial donde se plantaba y procesaba café. Contaba con una
casa principal y varios edificios, incluido una capilla y una gran plaza (para
llamarlo de alguna forma) equivalente en tamaño a una cancha de fútbol, donde
en su tiempo se secaba el café y que ahora era utilizado para realizar
actividades al aire libre.
Vista general y casa principal de la Fazenda "Morro Alto" en Amparo, Brasil
A quien conocimos en la Fazenda fue al Príncipe Don Bertrand
de Orleans y Braganza, miembro de la Casa Imperial de Brasil, primero en la línea
de sucesión al extinto trono imperial brasilero y destacado miembro de la TFP
de ese País.
Don Bertrand, de unos 35 años en ese momento, era hijo de la
Princesa María Elisabeth de Baviera, por lo que hablaba un perfecto alemán que había
aprendido con su madre. Cuando alguien le comento que yo también lo hablaba,
aprovecho de manera deferente a conversar largamente conmigo, ya que según me
confeso: “no tenía muchas ocasiones para practicarlo”.
Este trato particular que recibí de parte de “Su Alteza
Imperial”, que así lo llamaban los miembros de la TFP, derivo en que se me
dieran algunos privilegios con respecto a los demás participantes del Congreso.
S.A.I.R. Don Bertrand de Orleans y Braganza
Príncipe Imperial de Brasil
Por ejemplo, Cristian Alcalde y yo fuimos alojados en la casa
principal de la Fazenda, donde se hospedaban todos los directores de la organización,
a diferencia de lo que ocurría con los demás participantes que estaban alojados
en habitaciones adaptadas en la ex caballeriza del complejo cafetalero o en
pequeños ranchos destinados en su tiempo a los trabajadores agrícolas.
A uno de estos ranchos fue destinado nuestro amigo Pablo
Sotomayor, quien tuvo que compartir el alojamiento con integrantes de la delegación
boliviana.
Otro de los privilegios que recibí, fue que en más de una
ocasión fui invitado a compartir la mesa durante el almuerzo con Don Bertrand y
los directores del evento, cosa que no ocurrió con ningún otro asistente al
congreso.
El Congreso consistía en conferencias sobre temas
religiosos, históricos o de actualidad política, siempre bajo la perspectiva
contra revolucionaria, matizada con obras de teatro, juegos (gran énfasis en
juegos medievales), oraciones y ceremonias, La idea era mezclar un poco de
doctrina con entretenimiento, y hacer un curso intensivo de aprendizaje.
A propósito de juegos medievales, ocurrió un día que nos
anunciaron la llegada a la Fazenda de una de las Imágenes originales de la
Virgen de Fátima de Portugal. Era una de las tres copias existentes y que había
sido tallada según indicaciones de la hermana Lucia, uno de los niños videntes
de la Virgen en 1917, y que desde entonces esta Imagen está en el Santuario de Fátima
en Portugal.
Lógicamente le imagen es sumamente venerada por los miembros
de la TFP, y debía ser transportada sobre un palanquín y escoltada desde la
entrada a la Fazenda hasta la capilla del lugar. Para ello nos solicitaron a
Cristian y a mí nos vistiéramos con un atuendo medieval de Alabardo, con su
respectiva lanza (alabarda) y una pesadísima cota de malla.
El camino que debíamos recorrer hasta la capilla debe haber
tenido unos 100 metros de largo, y tenía una pendiente considerable, que además
estaba pavimentado con adoquines de piedra lo que lo hacía sumamente resbaloso,
más aun con la lluvia que había caído un par de horas antes.
Esa experiencia fue un verdadero suplicio ya que paso más de
una vez por mi cabeza durante el trayecto el temor a resbalar y golpear la imagen sagrada con la
alabarda, y verme huyendo de los enfurecidos Fiducos por la selva del Mato
Grosso.
El Congreso duro algo así como 7 días, pero antes de emprender
el viaje de regreso a Chile estuvimos todavía
dos días más en San Pablo, donde nos alojamos en un ex convento benedictino
llamado San Bento, propiedad de la TFP, y que era utilizado como residencia de
varios miembros de la organización que llevaban allí una vida de estilo muy
particular que incluía el uso de un hábito que combinaba la apariencia monástica
acompañado de botas y una cadena a modo de cinturón que les daba un aire
militar, tipo lo que eran las antiguas Ordenes de Caballería.
En San Bento vivía de forma permanente, pero nunca lo vimos,
el hermano mayor de Don Bertrand, el también Príncipe, Don Luis de Orleans y
Braganza, Jefe de la Casa Imperial de Brasil, y pretendiente directo al trono.
En el hipotético caso que la monarquía se restaurase en Brasil, Don Luis asumiría
con el título de: Su Majestad Don Luis I.
En San Pablo realizamos todavía un par de actividades de
adoctrinamiento, en una casa quinta que también era propiedad de la TFP, que tenía
un gran parque y una enorme casa de estilo colonial, lugar que habían bautizado
con el curioso nombre de “Presto Sum” (Estamos Listos), ocasión en la que nos
preguntaron derechamente si queríamos ser parte de la organización, a lo que
evidentemente respondimos que no.
Luego de esa breve estadía en San Pablo, el grupo emprendió
el incómodo viaje de tres días de regreso a Chile, en el mismo camión Chevrolet
C30 en que habíamos salido de Santiago, realizando prácticamente la misma ruta
que hicimos en el viaje de ida.
Un miembro de la TFP junto a la Chevrolet C30 en la que hicimos el viaje.
Cuando estábamos a un par de kilómetros del puesto
fronterizo de Las Cuevas, a 3.550 metros de atura en plena Cordillera de Los
Andes, nos detuvo un control de Gendarmería Argentina para informarnos que momentáneamente
no podíamos continuar porque se había declarado un incendio de proporciones que
afectaba al hotel del lugar y que amenazaba con extenderse hacia otros
edificios incluida la Estación de Bencina, con el riesgo que esta explotara ocasionando
una avalancha de rocas cordilleranas.
La curiosidad del evento hizo que el grupo bajara del vehículo
y comenzamos a subir una pequeña loma desde la cual podíamos ver lo que ocurría
en Las Cuevas.
Un joven brasilero de la TFP que nos acompañaba en el viaje
de regreso, y a quien habíamos apodado “Pepe Grillo” por su parecido al
personaje de la película Pinocho, ansioso por ver el incendio pregunto si podía
subir corriendo la loma para poder ver lo antes posible el famosos incendio. Mi
amigo Pablo le dijo: “por supuesto, corre nomas”, a sabiendas que por la atura
lo más probable era que le afectara hacer el esfuerzo.
Dicho y hecho, al pobre Pepe Grillo le vino un mareo tal,
que cayó al suelo completamente mareado, sin saber dónde estaba y hablando
incoherencias tales como pedir ayuda por
una radio imaginaria para que lo vinieran a rescatar de la cordillera, porque según
decía en su acento portugués: “S.O.S., S.O.S., estamos aislados”.
Esto obviamente
causo la risa del grupo.
Esta aventura juvenil es de las experiencias inolvidables
que tengo junto a mis hermanos de la “Cofradía del 11”, porque además de lo que
aquí les cuento, vivimos muchas otras pequeñas anécdotas que no quise agregar
al relato para no extenderme demasiado, pero pretendo dejarlas para futuros artículos.
Por algunos años mantuve contacto esporádico con los
integrantes de la TFP chilena, hasta que con el paso del tiempo alguno de ellos
se alejaron de la organización y otros fueron trasladados a otros países, lo que
hizo que el contacto fuera disminuyendo hasta desaparecer.


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