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domingo, 1 de marzo de 2020

Fiducos

Corría el invierno de 1976, y yo con 17 años de edad cursaba mi educación secundaria en el 3º año medio del Liceo Nº 11 Rafael Sotomayor de Las Condes, al que asistía en la jornada de tarde.

Una de esas tardes, acompañado de un profesor, se presentaron a nuestra sala de clases dos jóvenes vestidos de traje y corbata, quienes se identificaron como alumnos de la carrera de Derecho de la Universidad Católica, con el objeto de realizar una encuesta para un trabajo de investigación que realizaban.

La encuesta consistía de varias preguntas relacionadas con temas de historia universal y de política internacional.

Al finalizar la hoja de encuesta aparecía un espacio con la consulta: “Si le interesa conversar sobre alguno de estos temas, favor deje sus datos para contactarlo en el futuro”, cosa que hice dado mi interés por los temas de historia.

Pasaron un par de semanas y recibí en mi casa una invitación de una organización llamada “Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad” (TFP), quienes me invitaban a una conferencia sobre un tema histórico en su sede de la comuna de Providencia.

La TFP era una agrupación de jóvenes católicos ultra conservadores, cuyo origen era el movimiento del mismo nombre en Brasil, fundado por el Profesor Plinio Correa de Oliveira, cuya tesis está plasmada en su libro “Revolución y Contra Revolución”, el que analiza la decadencia espiritual y política de la Civilización Occidental, desde la Edad Media hasta la actualidad.

En Chile la organización era más conocida con el nombre de “Fiducia”, por una revista de divulgación que publicaban, y que tenía ese nombre. Obviamente nosotros, que éramos particularmente buenos para poner apodos, bautizamos a los integrantes de la TFP como “Los Fiducos”.

A partir de esa primera invitación, comencé a participar cada cierto tiempo a otras muchas conferencias que dictaba la TFP, producto de lo cual comencé a entablar cierta amistad con José Antonio Ureta, Juan Antonio Montes y Felipe Lecaros, miembros permanentes de la organización, pero sobre todos con un muchacho ecuatoriano llamado Edmundo Uribe, con quien me unía la afición por la natación, ya que este había sido nadador de la famosa “Academia Ferreti” de Guayaquil.

Por supuesto que a las conferencias no asistía solo, el grupo lo integraban Robert Ellsworth, Pablo Sotomayor y Cristian Alcalde, que eran compañeros de colegio y que se transformaron a lo largo de mi vida en verdaderos hermanos.

La motivación que teníamos para ir a estas reuniones, más que por los temas tratados, era por la recepción y lo que había para comer después de ella, ya que como todo joven en la adolescencia, el hambre era una condición permanente.

Estuvimos participando de las conferencias algo así como medio año, hasta que a principios de diciembre nos sorprendieron con una invitación para ser parte de la delegación chilena que asistiría a un Congreso de juventudes católicas denominado SEFAC a realizarse en enero en Brasil.

Después entendimos que la SEFAC (Semana de Formación Anti Comunista) era un evento que organizaba la TFP para atraer jóvenes, normalmente durante las vacaciones de verano, con la idea de captarlos para la organización.

Solo un par de días previos a nuestra partida, lamentablemente nuestro amigo Robert Ellsworth se contagió de tifus, por lo que no nos pudo acompañar en esta aventura por tierras cariocas.

La delegación chilena de 11 personas, salimos de Santiago la madrugada del 1 de enero de 1977, en un camión Chevrolet C30 de color rojo adaptado para pasajeros, muy incómodo para tan largo viaje, ya que no estaba especialmente modificado sino que simplemente tenía unas butacas atornilladas en el acoplado cubierto.

La ruta del viaje de tres días hasta nuestro destino en Brasil era saliendo de Santiago hacia el Paso Internacional Los Libertadores, para entrar en territorio argentino.
De allí seguimos a Mendoza, Córdoba, Santa Fe hasta llegar a Puerto Iguazú, donde cruzamos la frontera junto a las majestuosas cataratas.
Ya en territorio brasilero el camino seguía hacia Porto Alegre, Curitiba y finalmente San Pablo.

En nuestro breve paso por Santa Fe se nos unió la delegación de Argentina, que viajaba en una Ford F-350 carrozada de color blanco, a la que habían bautizado “Beduino” en honor a este pueblo nómade, y a la que le acoplaron un tráiler.

Recuerdo que en alguna parte de la ruta, mientras viajábamos de noche, el “Beduino” recibió una pedrada en el parabrisas, lo que les significo a los argentinos viajar parte del trayecto recibiendo el caluroso viento y los molestos mosquitos en pleno rostro.

Una vez que llegamos a San Pablo, después de tres días de agotador viaje, y luego de un reparador y breve descanso con una buena ducha incluida, nos dirigimos a la sede principal de la TFP brasilera, a la que denominaban pomposamente “Sede del Reino de María”, donde fuimos presentados al fundador de la organización, el Profesor Plinio Correa de Oliveira.

Después de concluir la visita protocolar, salimos en la tarde desde San Pablo con rumbo al lugar donde se iba a desarrollar el Congreso, una Fazenda (Hacienda) que quedaba a unos 100 kilómetros al norte, muy cerca de un pueblo llamado Amparo, a la que llegamos casi caída la noche.

Esta Fazenda llamada “Morro Alto”, era un antiguo establecimiento colonial donde se plantaba y procesaba café. Contaba con una casa principal y varios edificios, incluido una capilla y una gran plaza (para llamarlo de alguna forma) equivalente en tamaño a una cancha de fútbol, donde en su tiempo se secaba el café y que ahora era utilizado para realizar actividades al aire libre.


Vista general y casa principal de la Fazenda "Morro Alto" en Amparo, Brasil

A quien conocimos en la Fazenda fue al Príncipe Don Bertrand de Orleans y Braganza, miembro de la Casa Imperial de Brasil, primero en la línea de sucesión al extinto trono imperial brasilero y destacado miembro de la TFP de ese País.

Don Bertrand, de unos 35 años en ese momento, era hijo de la Princesa María Elisabeth de Baviera, por lo que hablaba un perfecto alemán que había aprendido con su madre. Cuando alguien le comento que yo también lo hablaba, aprovecho de manera deferente a conversar largamente conmigo, ya que según me confeso: “no tenía muchas ocasiones para practicarlo”.

Este trato particular que recibí de parte de “Su Alteza Imperial”, que así lo llamaban los miembros de la TFP, derivo en que se me dieran algunos privilegios con respecto a los demás participantes del Congreso.

S.A.I.R. Don Bertrand de Orleans y Braganza
Príncipe Imperial de Brasil

Por ejemplo, Cristian Alcalde y yo fuimos alojados en la casa principal de la Fazenda, donde se hospedaban todos los directores de la organización, a diferencia de lo que ocurría con los demás participantes que estaban alojados en habitaciones adaptadas en la ex caballeriza del complejo cafetalero o en pequeños ranchos destinados en su tiempo a los trabajadores agrícolas.

A uno de estos ranchos fue destinado nuestro amigo Pablo Sotomayor, quien tuvo que compartir el alojamiento con integrantes de la delegación boliviana.

Otro de los privilegios que recibí, fue que en más de una ocasión fui invitado a compartir la mesa durante el almuerzo con Don Bertrand y los directores del evento, cosa que no ocurrió con ningún otro asistente al congreso.

El Congreso consistía en conferencias sobre temas religiosos, históricos o de actualidad política, siempre bajo la perspectiva contra revolucionaria, matizada con obras de teatro, juegos (gran énfasis en juegos medievales), oraciones y ceremonias, La idea era mezclar un poco de doctrina con entretenimiento, y hacer un curso intensivo de aprendizaje.

A propósito de juegos medievales, ocurrió un día que nos anunciaron la llegada a la Fazenda de una de las Imágenes originales de la Virgen de Fátima de Portugal. Era una de las tres copias existentes y que había sido tallada según indicaciones de la hermana Lucia, uno de los niños videntes de la Virgen en 1917, y que desde entonces esta Imagen está en el Santuario de Fátima en Portugal.

Lógicamente le imagen es sumamente venerada por los miembros de la TFP, y debía ser transportada sobre un palanquín y escoltada desde la entrada a la Fazenda hasta la capilla del lugar. Para ello nos solicitaron a Cristian y a mí nos vistiéramos con un atuendo medieval de Alabardo, con su respectiva lanza (alabarda) y una pesadísima cota de malla.

El camino que debíamos recorrer hasta la capilla debe haber tenido unos 100 metros de largo, y tenía una pendiente considerable, que además estaba pavimentado con adoquines de piedra lo que lo hacía sumamente resbaloso, más aun con la lluvia que había caído un par de horas antes.

Esa experiencia fue un verdadero suplicio ya que paso más de una vez por mi cabeza durante el trayecto el temor a resbalar y golpear la imagen sagrada con la alabarda, y verme huyendo de los enfurecidos Fiducos por la selva del Mato Grosso.

El Congreso duro algo así como 7 días, pero antes de emprender el viaje  de regreso a Chile estuvimos todavía dos días más en San Pablo, donde nos alojamos en un ex convento benedictino llamado San Bento, propiedad de la TFP, y que era utilizado como residencia de varios miembros de la organización que llevaban allí una vida de estilo muy particular que incluía el uso de un hábito que combinaba la apariencia monástica acompañado de botas y una cadena a modo de cinturón que les daba un aire militar, tipo lo que eran las antiguas Ordenes de Caballería.

En San Bento vivía de forma permanente, pero nunca lo vimos, el hermano mayor de Don Bertrand, el también Príncipe, Don Luis de Orleans y Braganza, Jefe de la Casa Imperial de Brasil, y pretendiente directo al trono. En el hipotético caso que la monarquía se restaurase en Brasil, Don Luis asumiría con el título de: Su Majestad Don Luis I.

En San Pablo realizamos todavía un par de actividades de adoctrinamiento, en una casa quinta que también era propiedad de la TFP, que tenía un gran parque y una enorme casa de estilo colonial, lugar que habían bautizado con el curioso nombre de “Presto Sum” (Estamos Listos), ocasión en la que nos preguntaron derechamente si queríamos ser parte de la organización, a lo que evidentemente respondimos que no.

Luego de esa breve estadía en San Pablo, el grupo emprendió el incómodo viaje de tres días de regreso a Chile, en el mismo camión Chevrolet C30 en que habíamos salido de Santiago, realizando prácticamente la misma ruta que hicimos en el viaje de ida.

Un miembro de la TFP junto a la Chevrolet C30 en la que hicimos el viaje.

Cuando estábamos a un par de kilómetros del puesto fronterizo de Las Cuevas, a 3.550 metros de atura en plena Cordillera de Los Andes, nos detuvo un control de Gendarmería Argentina para informarnos que momentáneamente no podíamos continuar porque se había declarado un incendio de proporciones que afectaba al hotel del lugar y que amenazaba con extenderse hacia otros edificios incluida la Estación de Bencina, con el riesgo que esta explotara ocasionando una avalancha de rocas cordilleranas.

La curiosidad del evento hizo que el grupo bajara del vehículo y comenzamos a subir una pequeña loma desde la cual podíamos ver lo que ocurría en Las Cuevas.

Un joven brasilero de la TFP que nos acompañaba en el viaje de regreso, y a quien habíamos apodado “Pepe Grillo” por su parecido al personaje de la película Pinocho, ansioso por ver el incendio pregunto si podía subir corriendo la loma para poder ver lo antes posible el famosos incendio. Mi amigo Pablo le dijo: “por supuesto, corre nomas”, a sabiendas que por la atura lo más probable era que le afectara hacer el esfuerzo.

Dicho y hecho, al pobre Pepe Grillo le vino un mareo tal, que cayó al suelo completamente mareado, sin saber dónde estaba y hablando incoherencias tales como  pedir ayuda por una radio imaginaria para que lo vinieran a rescatar de la cordillera, porque según decía en su acento portugués: “S.O.S., S.O.S., estamos aislados”. 
Esto obviamente causo la risa del grupo.

Esta aventura juvenil es de las experiencias inolvidables que tengo junto a mis hermanos de la “Cofradía del 11”, porque además de lo que aquí les cuento, vivimos muchas otras pequeñas anécdotas que no quise agregar al relato para no extenderme demasiado, pero pretendo dejarlas para futuros artículos.

Por algunos años mantuve contacto esporádico con los integrantes de la TFP chilena, hasta que con el paso del tiempo alguno de ellos se alejaron de la organización y otros fueron trasladados a otros países, lo que hizo que el contacto fuera disminuyendo hasta desaparecer.

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